Hoy
me alberga un techo de estrellas, ellas que sin quererlo hacen lucen entre las
gotas de rocíos que se deslizan por entre la hierba. Esas quienes danzan tras
el vaivén del viento furioso, enhebrándose entre sí para colmar mis sentidos de
tal aroma dulce y fervoroso.
En
este lugar del mundo no ha llegado la civilización, no ha llegado la
construcción, porque aun se siente dulce el agua y limpio aquel sol.
Todavía
se logra ver aquel tono verde acuarela cual hoy sostiene mis pasos, quienes me
dirigen más al sur mientras suspiro aquel anaranjado ocaso.
Bajo
el mismo cielo en el cual hilvano estos vocablos mi abuela siembra la tierra.
Con sus manos negras entre legumbres, vegetales y unas cuantas manzanas, canta
a Violeta sin perder el ritmo de su vieja tonada.
En
este hemisferio del globo no se miden
las horas, ni cuentan los días, menos piensan sobre razones, les basta con lo
que la tierra de campo en sus grandes mesas pone.
Hoy
por la mañana ella parece algo triste, no ríe, no canta, ni baila, la poderosa lluvia
no descansa. ¿Como la podría yo ayudar?, si
este triste cielo en invierno no para de suspirar.
Aquí
se detuvo el tiempo, a los relojes se les olvida como avanzar, la tierra huele
a fruto, el viento a cordillera y mi abuela nace joven entre aquel paisaje
irreal. Más aun si el cielo deja de hacer del agua un gran carnaval.
Por
entre la hierba su andar quieto no tiene
retroceso, mas el apuro dice ella no tiene razones, “¡mira
hacia el cielo nieto que hoy nos protegen miles de constelaciones!”.
Por
todas estas razones nunca olvidare el día cuando ella y la tierra de su amado
campo se hicieron una. Si la hierba del
suelo bramo con rabia mas el viento no se quedo atrás, si hasta a las flores de
su jardín creo que las escuchaba cantar. Celosas porque sabían que ahora el
cielo, es su suelo para sembrar.
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