sábado 19 de noviembre de 2011

Desde el Cielo Siembra


Hoy me alberga un techo de estrellas, ellas que sin quererlo hacen lucen entre las gotas de rocíos que se deslizan por entre la hierba. Esas quienes danzan tras el vaivén del viento furioso, enhebrándose entre sí para colmar mis sentidos de tal aroma dulce y fervoroso.
En este lugar del mundo no ha llegado la civilización, no ha llegado la construcción, porque aun se siente dulce el agua y limpio aquel sol.
Todavía se logra ver aquel tono verde acuarela cual hoy sostiene mis pasos, quienes me dirigen más al sur mientras suspiro aquel anaranjado ocaso.
Bajo el mismo cielo en el cual hilvano estos vocablos mi abuela siembra la tierra. Con sus manos negras entre legumbres, vegetales y unas cuantas manzanas, canta a Violeta sin perder el ritmo de su vieja tonada.
En este hemisferio del globo  no se miden las horas, ni cuentan los días, menos piensan sobre razones, les basta con lo que la tierra de campo en sus grandes mesas pone.
Hoy por la mañana ella parece algo triste, no ríe, no canta, ni baila, la poderosa lluvia no descansa. ¿Como la podría yo ayudar?, si este triste cielo en invierno no para de suspirar.
Aquí se detuvo el tiempo, a los relojes se les olvida como avanzar, la tierra huele a fruto, el viento a cordillera y mi abuela nace joven entre aquel paisaje irreal. Más aun si el cielo deja de hacer del agua un gran carnaval.
Por entre la hierba su andar quieto  no tiene retroceso, mas el apuro dice ella no tiene razones, “¡mira hacia el cielo nieto que hoy nos protegen miles de constelaciones!”.
Por todas estas razones nunca olvidare el día cuando ella y la tierra de su amado campo se hicieron una.  Si la hierba del suelo bramo con rabia mas el viento no se quedo atrás, si hasta a las flores de su jardín creo que las escuchaba cantar. Celosas porque sabían que ahora el cielo, es su suelo para sembrar.